Sueño con el día en el que nadie se atreva a asomar la insolencia de blanquear a los criminales que como dioses viven en La Habana, Cuba.
No era el primero en denunciarlo, pero cuando vio luz el sobrecogedor testimonio de Reinaldo Arenas, en 1990, cualquiera hubiera pensado que a Cuba nadie se llegaría para lavarle la cara a los inquisidores de cientos de miles.
Antes que anochezca tuvo un impacto particular en mí. Ya había escuchado y leído muchísimo sobre los horrores de la cuba castrista. Pese al hermetismo inherente a los sistemas totalitarios, nadie…
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