LAZARO E LIBRE

«Nos enseñaron a admirar a los rebeldes… hasta que los rebeldes fueron los de hoy.»
Por: ✍️ Lázaro E. Libre

Desde muy pequeños, a los cubanos nos enseñaron una historia llena de valentía. En la escuela escuchábamos los nombres de jóvenes que se enfrentaron a las dictaduras de su tiempo, estudiantes que desafiaron a Machado, muchachos que conspiraron contra Batista, jóvenes que arriesgaron su vida porque creían que la libertad del país valía más que el miedo. Aquellos relatos no eran simples lecciones de historia; eran presentados como ejemplos morales, como pruebas de que la dignidad de un pueblo podía nacer del coraje de sus jóvenes. Nos enseñaron a admirarlos, a ver en ellos el símbolo de lo que significa luchar contra la injusticia.

En esas historias había un mensaje claro: cuando un gobierno se vuelve opresivo y el pueblo pierde sus libertades, levantarse contra él puede ser un acto de valentía y de amor a la patria. Así nos lo contaron, así lo aprendimos, y así crecimos creyendo que la dignidad consistía precisamente en no aceptar la humillación ni el silencio.

Sin embargo, con el paso del tiempo aparece una contradicción que resulta imposible ignorar. Cuando los jóvenes de hoy levantan la voz en Cuba, cuando cuestionan un sistema que ha monopolizado el poder durante décadas, cuando piden cambios, libertades o simplemente un futuro diferente, la narrativa cambia de manera radical. Aquello que en los libros era valentía, ahora es llamado traición. Aquello que antes era heroísmo, ahora se convierte en delito. De pronto, los jóvenes que protestan dejan de ser ciudadanos con conciencia y pasan a ser etiquetados como enemigos.

Es ahí donde surge una pregunta inevitable. Si enfrentarse a Batista era un acto heroico, ¿por qué cuestionar al poder hoy es considerado imperdonable? Si rebelarse contra la injusticia fue celebrado como un gesto de dignidad, ¿por qué ahora disentir es tratado como una amenaza?

La paradoja es evidente. Nos enseñaron a admirar a los rebeldes del pasado, pero nos piden condenar a los del presente. Nos enseñaron que la libertad se conquista cuando alguien se atreve a desafiar al poder, pero ahora se pretende que ese principio quede congelado en los libros de historia, como si ya no pudiera aplicarse al tiempo en que vivimos.

Quizás el problema no esté en los jóvenes que hoy cuestionan, sino en la incomodidad que produce recordar que la historia nunca pertenece exclusivamente a quienes gobiernan. La historia pertenece, en realidad, a quienes se atreven a preguntarse si el poder sigue siendo justo.

Y tal vez la pregunta más honesta que podemos hacernos no sea quién tiene razón hoy, sino si estamos dispuestos a reconocer que el mismo valor que admiramos en los jóvenes del pasado puede existir también en los jóvenes del presente.

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