Zoé Valdés

El último de los balseros.

Eran ya pasadas las doce de la noche, las olas golpeaban con suavidad espumosa la arena blanca y fina que rodeaba la playa, una brisa fresca y tenue acariciaba las mejillas del desesperado hombre que con nervioso y pesado andar arrastraba un artefacto casero construido para flotar el las traicioneras aguas del mar Caribe. Tres cámaras de llantas de tractor enormes amarradas una con otra envueltas todas en una especie de lona, conformaban la estructura de la ingeniosa embarcación. Dos remos de madera amarrados a cada extremo y una mochila atestada de agua potable y alimentos en conserva era todo el cargamento. El hombre solitario arrastraba con dificultad la precaria embarcación. Ya era demasiado viejo para esos trajines, también, el nerviosismo y los malos recuerdos se agolpaban en su anciano cerebro y hacían aun más angustiosos esos momentos.

Al fin logró llegar a la orilla…

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