Burda decepción

Cosas de una escritora

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Mensajero de malas noticias, como tal te conocí, y lo peor de todo fue que casi sin esperarlo, una de ellas resultó ser para mí. Consciente de tu posición, sin restarle importancia, lo quisiste suavizar. Me ayudaste a no tirar la toalla, a seguir adelante, dejando a un lado los sobrados motivos para llorar. Una ayuda impagable, que sin duda a cada uno, para alcanzar un fin sirvió.

Por mi parte no corté la marcha y seguí adelante, aunque la contrapartida, el coste de la actuación, por el experimentado mensajero de sobra conocido, fue una adictiva dependencia, una insana confianza ciega que me llevó a olvidar que tú no eras un amigo, ni siquiera un consejero, sólo un empleado más, que su salario quería ganar.

Desde aquel primer día mucho tiempo ya pasó, aunque a veces casualmente nos cruzamos y cortésmente nos saludamos.

Parece que nada cambió y que todo…

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