
Nuestra pequeña protagonista solo los conocía por los recortes de periódico con los que la envolvieron al nacer y que, durante mucho tiempo, fueron su único abrigo. Y de igual manera, poco se sabía de ella, era el secreto mejor guardado. Nunca había salido de aquella fría y blanca habitación alicatada llena de retocidos tubos de ensayo que olía a huevos podridos. Los titulares de su particular arrullo rezaban que era hija de Plutón y hermana de Urano (ambos ejecutados durante aquel sediento y agónico agosteño infierno) y heredera del horror y la vergüenza.
Tras aquello llovieron ácidos años de enfermiza bonanza erigidos sobre la consciencia de pájaros en muletas y la sangre de un amanecer de parto.
Y a pesar de su corta edad little girl no ignoraba la efimeridad de su incipiente vida. Pero esta vez ella no sería la ejecutada, sino…
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