El comunista subsidiado.
Por: Jorge L Leon
Historiador e investigador.
Existe una figura que resume una de las mayores contradicciones de la Cuba contemporánea. No pertenece a la cúpula del poder ni disfruta de sus privilegios, pero tampoco comparte plenamente el destino de millones de cubanos abandonados a la miseria. Es el comunista subsidiado, el hombre que condena al capitalismo mientras sobrevive gracias al dinero que llega precisamente desde el país al que llama enemigo.
Su discurso permanece intacto. Habla del imperialismo con la misma retórica de hace sesenta años. Repite consignas, aplaude los desfiles oficiales y culpa de todos los males al adversario externo. Sin embargo, cuando termina el discurso, abre el refrigerador comprado con dólares enviados desde Miami. Enciende el ventilador adquirido gracias a una remesa. Prepara café en una cafetera llegada del extranjero. Mira televisión en un aparato que jamás habría podido adquirir con el salario que paga el propio sistema que defiende.
La paradoja resulta imposible de ocultar.
El mismo «imperio» que denuncia es el que ilumina parcialmente su casa durante los apagones. El mismo capitalismo que condena es el que mantiene funcionando una parte considerable de la economía familiar cubana. No vive de la prosperidad del socialismo. Vive del sacrificio de un hijo, de una hermana o de un nieto que emigró precisamente porque el modelo económico nacional fue incapaz de ofrecerle un futuro.
Mientras tanto, a pocos metros de su puerta, otra realidad golpea con crudeza.
Hay ancianos que sobreviven únicamente con una pensión incapaz de alimentar una semana. Hay madres que recorren mercados vacíos buscando un litro de leche para sus hijos. Hay vecinos que pierden los alimentos después de interminables apagones porque nunca recibieron una remesa salvadora. Hay familias enteras cuya única diferencia con él consiste en que nadie pudo emigrar para enviarles dólares.
Frente a ese drama colectivo, muchos optan por el silencio.
No quieren ver los arrestos arbitrarios. No quieren escuchar el llanto de las madres de los presos políticos. No quieren mirar las golpizas contra quienes exigen derechos elementales. Se refugian en la pequeña comodidad que les proporciona el dinero enviado desde el extranjero y convierten ese espacio doméstico en un refugio moral donde la conciencia permanece adormecida. “Moral…?” Hipócritas !!
No son los arquitectos del sistema, pero tampoco pueden presentarse como simples espectadores inocentes.
Toda dictadura necesita algo más que policías y funcionarios. Necesita ciudadanos dispuestos a justificarla, minimizar sus abusos o guardar silencio mientras otros pagan el precio de la libertad. El miedo explica muchas conductas. La necesidad explica otras. Pero la comodidad también puede convertirse en una forma de complicidad cuando lleva a ignorar deliberadamente el sufrimiento ajeno.
La tragedia cubana no consiste solamente en una economía destruida. Consiste también en la fractura moral que provoca un régimen capaz de convertir las remesas del capitalismo en el salvavidas cotidiano de quienes continúan defendiendo el fracaso del socialismo.
Es una contradicción dolorosa.
Millones de cubanos sobreviven gracias al trabajo realizado en sociedades libres por familiares que emigraron buscando precisamente aquello que el discurso oficial condena. El dinero no llega desde el socialismo. Llega desde economías abiertas donde esos emigrantes pudieron construir la prosperidad que su propio país les negó.
Quizá esa sea una de las imágenes más reveladoras de la Cuba actual.
La revolución que prometió independencia económica termina dependiendo de los dólares enviados desde el exterior. El sistema que proclamó la superioridad del socialismo necesita, para aliviar el hambre de su población, la riqueza generada por el capitalismo que durante décadas presentó como el enemigo absoluto.
La historia suele ser implacable con las contradicciones. Y pocas contradicciones resultan tan elocuentes como la de quien levanta el puño contra el capitalismo mientras espera, cada fin de mes, la notificación de la remesa que hará posible sobrevivir un mes más.