El pueblo de Cuba no es cobarde. Simplemente está demasiado ocupado en sobrevivir…
Cuando una persona despierta sin saber qué van a comer sus hijos, pasa horas buscando comida, hace colas interminables, sobrevive entre apagones y se acuesta agotada sin haber resuelto los problemas del día, gran parte de su energía se consume en una sola batalla: sobrevivir.
Y ahí entran otros mecanismos: el miedo a perder el empleo, a terminar en prisión, a sufrir represalias contra la familia. La propaganda, el control de la información, la vigilancia y la criminalización de la protesta. A eso se suma la emigración, que se lleva a millones de personas en edad de luchar y trabajar, mientras las familias quedan divididas y muchas depositan sus esperanzas en escapar, no en cambiar el país.
Mientras tanto, el poder tiene un enemigo al que culpar de todos sus fracasos, una maquinaria propagandística para justificar sus errores y un discurso de sacrificio que rara vez parece aplicarse por igual a quienes gobiernan.
¿Significa eso que el pueblo cubano es cobarde? ¡No! Significa que enfrentarse a una dictadura tiene un costo enorme cuando el miedo, la necesidad y la represión forman parte de la vida cotidiana. Y aun así, los cubanos han salido a las calles y han protestado, como demostraron las históricas manifestaciones del 11 de julio de 2021.
El hambre no siempre provoca una rebelión inmediata. A veces consume las fuerzas necesarias para organizarla. El miedo puede silenciar una voz, pero no significa que esa voz esté convencida. Y el silencio no siempre es apoyo: muchas veces es supervivencia.
La pregunta no debería ser solamente por qué el pueblo no se levanta. También deberíamos preguntarnos: ¿qué clase de sistema necesita mantener a su población ocupada sobreviviendo, temerosa de protestar y sin libertades suficientes para cambiar pacíficamente a quienes la gobiernan?
Una cosa es gobernar un país y otra muy distinta es mantener a un pueblo atrapado entre el hambre, el miedo y la esperanza de escapar.
Y que nadie confunda el silencio con la conformidad, ni la supervivencia con la libertad.
No hay mal que dure cien años y hasta la belleza cansa…