Memorias de la Infancia : El Control del Régimen Comunista Sobre El Juego y la Ilusión Infantil En Cuba por Jorge Luis Sanchez Perez

Memorias de la Infancia: El Control del Régimen Comunista sobre el Juego y la Ilusión Infantil en Cuba
Por: Jorge Luis Sánchez Pérez

La obtención de juguetes en la Cuba bajo la dictadura de Fidel Castro estuvo estrictamente controlada por el Estado, transformando la ilusión de la infancia en un proceso burocrático, tenso y profundamente politizado.

Como parte de los cambios radicales impuestos por el régimen comunista en la década de 1960 y la adopción del ateísmo oficial, la dictadura eliminó la tradicional celebración del Día de Reyes el 6 de enero, borrando del calendario una festividad familiar arraigada por siglos. En su lugar, el Estado trasladó la distribución de juguetes hacia los meses de junio o julio, vinculándola directamente al “Día de los Niños” creado por el régimen para despojar la fecha de cualquier connotación religiosa y centralizar el control en manos del Partido.

Bajo este orden totalitario, el Ministerio de Comercio Interior (MINCIN) instauró un riguroso sistema de racionamiento a través de la libreta de productos industriales o cartillas de cupones infantiles. Este sistema limitaba la alegría de los niños a una estricta asignación de tres «puntos» o cupones por niño al año, que debían gastarse obligatoriamente en tres categorías fijas de juguetes:

Juguete «Básico»: Supuestamente los juguetes más valiosos, como bicicletas o patines. Sin embargo, la etiqueta de «básico» era una trampa del régimen, ya que muchos objetos no tenían nada de extraordinario y se tipificaban así solo por su volumen para inflar los precios. Un ejemplo claro de este engaño eran ciertos camiones volquetas hechos completamente de un plástico rústico, que no tenían ningún mecanismo y debían ser jalados sencillamente con una cuerda; tan solo por ser de un tamaño más grande, el régimen los catalogaba como «básicos» y los vendía al exorbitante precio de 12 pesos cubanos, una auténtica fortuna para el salario de los trabajadores de aquella época.

El juguete «No Básico»: Permitía comprar un artículo de mediano tamaño y valor intermedio, tales como pelotas de goma, parchís, damas chinas u otros juegos de mesa simples.

Juguete «Dirigido»: Era el cupón destinado al artículo más sencillo y económico de la tienda, pensado para rellenar la cuota con objetos de menor demanda popular como juegos de yakis, soldaditos de plástico, o juegos de bolas.

La mecánica del racionamiento.

El sorteo y el drama de las colas era terrible. La activación de estos «puntos» cada verano se convertía en un evento de enorme tensión social y familiar que constaba de varias etapas críticas:

La exhibición y el anhelo: Días antes de abrir las ventas en junio o julio, las tiendas estatales colocaban los juguetes en sus vidrieras, si es que tenían vidrieras. Los niños se aglomeraban frente al cristal para mirar las opciones y anotar sus deseos, sin saber si la suerte les permitiría alcanzarlos.

El sorteo de los turnos: El valor real de los puntos dependía enteramente de la suerte. El orden de entrada a las tiendas se determinaba mediante un sorteo público utilizando un bombo. A veces hacían trampas a favor de los niños de padres comunistas y nosotros  -los hijos de padres no comunistas nunca alcanzábamos un juguete básico. Yo recuerdo que en mi zona casi todos los mejores juguetes los obtenían los hijos de Lola y otras familias comunistas.

El drama de las listas y la escasez: Quienes obtenían un número bajo en el sorteo (los primeros días) podían canjear su «punto básico» por los pocos juguetes de calidad que enviaba el bloque soviético. Por el contrario, para quienes obtenían los números rezagados, los puntos perdían su atractivo; al llegar a la tienda los estantes estaban prácticamente vacíos y los padres se veían obligados a gastar el cupón básico en lo único que quedara disponible, pagando precios ridículamente altos por juguetes de mala calidad. Este sistema obligaba a los padres a realizar filas interminables y a pernoctar a la intemperie frente a los comercios para cuidar su turno en la lista y asegurar el regalo de sus hijos.

El ingenio frente a la escasez: Los juguetes que hacíamos los niños.

Como la cuota comunista de tres juguetes al año era totalmente ridícula e insuficiente, y las tiendas permanecían vacías el resto del año, la infancia cubana se vio obligada a desarrollar una profunda capacidad de invención. Ante la falta de juguetes comerciales, los propios niños nos convertimos en artesanos para poder jugar, fabricando nuestros propios entretenimientos con lo que encontráramos en la calle.

Construíamos carritos de madera con un pedazo de tabla y cajas de bolas usadas que conseguíamos en talleres mecánicos.

Hacíamos carretillas con dos palos de guásima y ruedas de latas vacías de leche condensada o compota, que eran muy escasas y cuidadosamente guardadas para este fin después de consumir la compota o la leche.

Hacíamos bates de pelota con ramas de árboles (como el guayabo) talladas a mano, mientras que las pelotas se hacían envolviendo trapos viejos y medias rotas con hilos alrededor de un núcleo formado con los trapos.

Hacíamos papalotes con papel de periódico, unidas las piezas con varas de güín y pegadas con «almidón» casero.

Hacíamos carros de alambre y chapas, cuyas ruedas eran chapas de botellas de refresco aplastadas.

Las «cuquitas» eran muñecas de papel recortables que las niñas dibujaban y pintaban a mano en cartones viejos, diseñándoles sus propios vestidos de papel.

De este modo, la infancia de aquella época quedó marcada a fuego por la contradicción: por un lado, el diseño austero, el racionamiento y el control ideológico de una dictadura comunista; por el otro, la resistencia de la creatividad infantil que se negaba a dejar de jugar.

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